Poco tiempo después de que el Rey Juan Carlos de España le exigiera que se callara y cerrara la bocaza en un foro internacional, el clonado libertador de Venezuela, se encontraba por las Naciones Unidas en uno de sus verborréicos discursos que tomó para tratar (ofende quien puede, no quien quiere) de ofender al presidente de EU George W. Bush diciendo que aquel lugar olía a azufre, que el diablo había estado allí, pero sin imaginarse que quien ya estaba ardiendo en azufre era el pobre indio de Chávez. Había hecho como aquel escritor alemán, que había empeñado su alma al diablo por un poco de poder y dinero temporal y que tuvo que entregarla al vencerse el tiempo. El diablo vino a cobrarle a Chávez lo temporal que la había dado, cuando por ejemplo, mató aquel campesino Uribe, en huelga de hambre porque le había quitado sus tierras. Cuando persiguió inmisericordemente a todos los venezolanos para disminuirles sus derechos. Cuando se abrazó con todos los terroristas más despreciables de la tierra. Cuando implantó un sistema diabólico copiado de la isla de la esclavitud del Caribe. El azufre del diablo le circulaba por la venas, le corría por el estómago, se le alojó en un cáncer justiciero, por la ley “del que a hierro mata, a hierro muere”. Pero el azufre sobre el clonado no sólo sirvió para hacerle justicia, sino para desnudarlo, mostrarlo como lo que es, son, todos aquellos que usan la fuerza y la injusticia para abusar, simplemente por tener más poder o ser mas fuerte que el oponente. Lo desnudó en su inmensa y natural cobardía. Todos los abusadores déspotas, son cobardes. Ninguno ha logrado quitar esa mancha que le acompaña. Ahí están Hitler, quien huyó con el suicidio por no enfrentar la verdad. Goring, aquel sádico en Nuremberg se escapó por lo fácil también. Hussein, aquel bárbaro que usaba gas venenoso contra su población, huyó como un gallinón, y tuvieron que encontrarlo hecho una escoria en una cueva asfixiante. Bin Laden, aquella bestia incalificable, se escondió detrás de las mujeres para no pelear como se esperaba. Corrió a un tercer piso queriendo esconderse, pero de nada le valió. Mírense a los Monarcas Castro, quienes pregonaron por el mundo de la inmundicia que era la Religión, del opio que era, de lo enemiga de la liberación y felicidad que era, de su Estado ateo que crearon, pero al final, cuando olieron el azufre, se les vio a los dos mansitos como corderos, asistiendo a la misa de los curas, a reunirse con ellos para obligarlos a soldar a los prisioneros abusados, a permitir que la religión floreciera como antes. Ahora vemos a Chávez, ridículamente recibiendo la hostia o sacramento de un sacerdote en Venezuela, con aquella cara de ángel, que ocultaba el diablo en azufre, antes de irse para Cuba a recibir quimioterapia contra el cáncer que lo ajusticia. También se le vio junto a sus hijas, implorar a Dios para que lo proteja, encomendándose a él. ¡Cobardes, que viven llamando al diablo, imitándolo, obedeciéndolo para masacrar a todos los débiles, pero a la hora de la verdad, corren como gallinas a refugiarse en alguna cueva, renegar de su pasado o a pedir perdón! Así son todos. Así la historia los pinta. Así la Naturaleza los castiga y desnuda. ¡Qué pena que solo tengan una muerte (sus vidas nunca fueron vidas) para pagar por todas sus inmundicias! (Casi ya, el libro de 64 artículos de mi anticrítica.blogspot.com).
