Me preguntaba un amigo que si el pueblo pobre de Cuba no apoyaba a Fidel, queriendo darlo como un hecho cierto y lo creía aunque hacía la pregunta, consolándose que el tirano no caería como un Mubarak. Y le contestaba, que sí, que lo quería, tanto como el pueblo quería por ejemplo, al tirano Trujillo, Batista o Duvalier. En Santo Domingo las concentraciones de Trujillo eran mayores, y quizás sirvieron de modelo a las de Fidel. Allí se le adoraba a Trujillo más que a Fidel en Cuba, claro, ambos amores eran el producto simple y llano del terror y el temor. Quien se oponía a Trujillo iba a los gulaps de donde rara vez regresaba. O amanecía en cualquier calle céntrica dentro de un saco de pita perforado por bayonetazos o ahorcado. ¿Quién levantaba la voz? Nadie. ¿Quién se oponía? Nadie. ¿Quién no lo adoraba? Todos. Fidel es igual, ha sido igual a todos los tiranos. Implantó desde temprano los fusilamientos de La Cabaña, dirigida por un extranjero, el aventurero aquel del asma. Las cárceles se llenaron rápidamente y el exilio se hinchó. El opositor o quien no lo quisiera tenía estos caminos: perdía toda su pertenencia por contrarrevolucionario; no les dejaban ni los pantaloncillos. Iba a la cárcel o era fusilado. Se recuerda aquello de “dentro de la revolución, todo, fuera de ella, nada”, ni siquiera un pensamiento, porque era averiguado por los Comités de los Chivatos del Régimen. Esta creación fue una novedad en América, quizás común por Europa, pero aquí no se conocía al nivel de la tiranía de Cuba. Trujillo tenía su calieces (espías), Duvalier sus tontonmacutes, pero ninguno controlaba el alma del pueblo como lo hacían los chivatos de Cuba. Los chivatos de Fidel llegaron al extremo de penetrar por la fuerza a los sanitarios (excusados) para averiguar de qué tamaño era el largo de la defecación. Si eran largos, era un delito económico contra la Revolución. Si levantaba la nalga derecha y no la izquierda al defecar, era contrarrevolucionario y ni siquiera le dejaban limpiarse. ¿A qué camino llevaba esto? Al temor, el temor colectivo de todos porque nadie confiaba en nadie ni en sus familiares o las paredes de sus casas. El terror de La Cabaña, las torturas, los fusilamientos, cárceles llevaban a ese temor que creaba el tirano para amarrar a su pueblo. ¿Por qué fusiló a Ochoa? Para quitar algo del medio y regalarle el terror a los comandantes. Esto explica los 31 años de Trujillo, los 20 de Duvalier, los 32 de Mubarak, los 50 de Fidel. No hay tal amor, no hay tal apoyo. Con solo mencionar los actos de cobardía que usa la tiranía para todavía amedrentar al pueblo, lo dice todo. ¿Cómo si de verdad el pueblo ama al tirano, tiene el tirano que usar delincuentes para evitar que unas mujeres vestidas de blanco caminen por sus calles? ¡Cómo le temen a los que escriben un poema, un artículo o usan el Internet! ¿Por qué envían al exilio a los que se le oponen? ¿Por qué no permite que el cubano viaje al extranjero? Todas estas son evidencias de una debilidad absoluta del tirano y que explica que el apoyo del pueblo es pura fantasía cimentada en el viejo instrumento del temor y el terror. Los tiranos saben que desde que Maquiavelo hizo sus estudios sobre los gobernantes y sus súbditos, ellos han aplicado sus enseñanzas de que es mejor ser temido que verdaderamente amado. A Fidel solo lo aman los cubanos para una cosa: Para darle a Cuba y al mundo la alegría mayor, llevando al tirano al juicio público en aquella plaza de la Revolución y levantar un poste de 300 metros de alto, para que todos los que estén fuera del Cuba durante su ahorcamiento, puedan apreciar el cadáver meciéndose al compás del viento de la libertad de los cubanos y su renacer al estilo egipcio.
domingo, 20 de febrero de 2011
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