No nos referimos a la primera dama Michel Obama, esa elegante señora, digna profesional de las leyes y brazo derecho de su esposo, el Presidente Barack Obama. Es la de un pedazo de isla del Caribe, donde crecen esas flores frecuentes. Allí, en el mismo sitio ya antes había vivido otra primera dama cuyo placer principal era aplaudir los crímenes de su esposo y luego, en tu tiempo de ocio, escribir libros, especialmente uno llamado “Meditaciones Morales”, que versaba sobre la moral y las buenas costumbres de su sociedad. Su única debilidad era que quien escribía las obras era un español republicano de los que invadieron el Caribe, de apellido Almoina, al que su esposo envió con los muertos sin ninguna consideración moral. A la nueva, le dio con recurrir a los asuntos morales para mitigar su tiempo sobrante y esconder sus aspiraciones políticas. Su campaña se centralizó en lo que consideraba que había que “revivir los valores morales de su pueblo”, porque había descubierto, que habían estado decayendo. Su campaña fue extensa, intensa y costosa. Por supuesto, el costo no salía como nunca sale, de sus bolsillos, sino del pobre y explotado contribuyente. Por las ciudades no había esquina en lo más alto de las calles, en que no apareciera su bello rostro promoviendo ese renacimiento y valores, y de ñapa, dándose su autopromoción política, pues a ella también parecía gustarle el camino de imitación a lo Kischner en Argentina, y aguijonada también por la novedad de la de Guatemala, del divorcio fingido de una primera dama por ambiciones políticas. Su campaña moral parecía referirse a los valores de no robar, no mentir, no ser charlatán, de no usar los recursos del Estados en su propio provecho, ser serio, honesto, cabal, honrado, cumplidor, responsable, decoroso. Lógicamente, si alguien cayera dentro de la violación de estas normas, pues, claramente, era un ser fuera de la moral. Así que ella armada con estos valores se encaminó a enseñárselos al pueblo, a la gente común, a los que ella consideraba eran los que más necesitaban que se les recordara o re-enseñara que esos valores existían y que había que aplicarlos o redescubrirlos. Y entonces, he aquí cuando comienza ahogarse en su incoherencia. Porque, ¿por qué ir tan lejos a buscar a los que violan las normas morales si los primeros violadores están tan cerca de ella? Por ejemplo, cuando ella usaba aparecer en la TV (aparecía muy frecuentemente en una compañía de cable llamada Aster, en poder del Estado por una expropiación) y no había día, especialmente en la hora pico de noche, que ella no apareciera allí por múltiples razones nimias. Pero no sólo esto, si también en los canales extranjeros como CNN, Discovery, History, etc. No había refugio contra esa presencia no invitada. Se escapaban sólo los canales en inglés. ¿Es esto moralidad? ¿Introducirse en lo ajeno usando los recursos ajenos para su propio beneficio? Cuando un ciudadano de ese país miente, usa también los recursos en su beneficio, cuando abusa del poder, cuando no es serio para cumplir lo prometido, cuando violenta las leyes, cuando usa su posición para extraer beneficios de otros para él u organización, cuando derrocha los recursos públicos, cuando pretende violentar la voluntad del pueblo y hacerse dictador, ¿acaso esa persona no es un buen candidato para enseñarle el renacer de los valores morales? O cuando alguien jura ante dignatarios extranjeros, con pomposa solemnidad aquella repetición burlesca de “respetar la Constitución, y sus leyes y hacerlas cumplir”, su esposo, el Presidente, tan cerquita de ella, parecería que más que el ciudadano común, era el primer candidato para enseñarle sus valores morales. ¿Por qué no lo hace y simula desconocerlo? ¿Acaso la ley no dice que la decencia primero entra por casa? ¿Por qué no comenzar por él y por ella también? Por ella, con un presupuesto pomposo al Despacho de la Primera Dama de unos $30,000 millones pesos para su discreción y sin fiscalización. ¡Y ay, del fiscalizador que levente una duda! Y las páginas enteras dobles de su bella cara en los periódicos, ¿quién las paga esto? ¿De su bolso? Se duda. ¿Del Partido? No, sale del lugar más fácil: del contribuyente. ¡Qué bella es la moral así! Con razón que a ese pedazo de isla le llaman la isla de la impunidad y la charlatanería, y es lógico y consecuente, que la primera dama queriéndolo o no, caiga en esas incoherencias, inherentes del lugar, aunque logró una de sus dos metas: ser nombrada candidata a la vicepresidencia por el Partido de su marido. ANTICRITICA. Blogspot.com
martes, 29 de noviembre de 2011
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