Los comunistas fueron famosos en el mundo pasado porque nunca fueron buenos para nada. No hay prueba que atestigüe lo contrario, excepto su brutalidad tiránica, donde ahí descollaron, tanto, que cayeron derrotados sin darse cuenta y aún siguen llorando. Es un poco raro que aún alguien pierda el tiempo escribiendo acerca de esa gente, pero hay que hacerlo porque nunca han dejado de ser malos y hoy, destruidos y aplastados, continúan conspirando con su nuevo nombre de los neocomunistas humanizados por lo que no hay que pederlos de vista. En sus incapacidades nunca pudieron descifrar el misterio que les rodeaba y los perseguía en su lucha contra el Capitalismo, por ejemplo, su ilusión de que la gente a conquistar lo hiciera voluntariamente ante el encanto de sus promesas y atracción del paraíso laboral. Miles de libros, artículos y argumentos se lanzaron para convencer a la gente de que la mejor forma de vida presente y futura estaba con ellos, en su paraíso socialista o comunista. Los capitalistas replicaban que ellos responderían a la fuerza contra la fuerza si necesario, pero que sólo les contraofrecían una cosa: la libertad. ¿Qué era eso? preguntaban los del lado de allá, porque aunque sabían lo que era no entendían que fuera suficiente como para arrebatarles el amor de la gente frente a su más bella oferta ‘paradicial’. Fue una especie de la oferta y la demanda a nivel político mundial de guerra fría, en la que los dos bandos ofertaban para que la gente escogiera. Pero los comunistas nunca entendieron ni se dieron por vencidos que su esperanza era nula, por lo que simuladamente, siempre recurrían a la violencia para ganarse el amor de la gente. Y entonces se veía aun, que el paraíso de Berlín, la mejor vitrina que tenían, tenía que ser protegido por murallas alambradas de púas y muchas ametralladoras, para que los enemigos capitalistas no sólo no entraran, sino que no les robaran el alambre de púas. Y la gente saltaba los alambrados, volaba por arriba, moría desangrando en los alambres, o baleados por los guardias fronterizos, pero no se quedaba dentro del paraíso, para irse a vivir al infierno del capitalismo. Ese misterio nunca lo entendieron y ni siquiera consultando al espíritu de Marx y Engels con los brujos africanos, pudieron descifrarlo, del porqué su gente y los demás, preferían al enemigo y no a ellos. Cuba aún es una réplica de ese pasado indescifrable, y Fidel y sus amigos tuvieron que pasar 53 años jodiendo a Cuba y al mundo para darse por vencidos de que lo de ellos era pura ilusión sangrante. El pueblo perdido y podrido de Corea es otro súper ejemplo y aquí sí es verdad que la locura incompetente de la brutalidad socialista es mortal, al morir el dios amarillo, inclinado a la demencia, Kin Jong Il en estos días. Al morir el dios verdugo, no hubo un coreano que no lanzara sus ríos de lágrimas y hasta se revolcara donde estuviera por el ‘dolor’ de la pérdida. Para los del Sur, era gozoso verlos revolcarse como cerdos. Los que han vivido bajo tiranía saben lo que esto significa, no así los demás habitantes. Los más sobresalientes del lloriqueo colectivo eran los generales, que al inclinarse en sus llantos, por el peso de las medallas que les colgaban del cuello a las rodillas, no podían levantarse y no se sabía si seguían llorando por competencia, el dolor fingido o por el dolor físico. Otro misterio socialista era saber si el lloriqueo era fiel o fingido o si tenía otro motivo oculto. Se supone que los coreanos realmente no sabían distinguir entre un lloriqueo sincero y uno fingido, pues al haber sido despojado de sus masas encefálicas, esas cavidades craneanas estaban llenas de silicón, y por lo tanto, respondían como los senos acariciados, excitados. Lloraban de verdad, porque les habían dicho que debían llorar o lloriquear, especialmente cuando se les había advertido que las cámaras fílmicas del gobierno estaban tomando todas las escenas en todo el país. Esto significaba que el equipo de la Seguridad tendría amplia oportunidad de saber quién no había llorado durante la muerte del dios, y por supuesto, que sería castigado como la costumbre, torturado o matado. Si Fidel muriera mañana pasaría lo mismo, pues fue mucho lo que desde allí se copió aunque no se podría afirmar que al pueblo cubano le succionaran el cerebro al nivel de los coreanos, por lo tanto el lloriqueo cubano habrá de ser menor para romper por lo menos, un misterio socialista. . ANTICRITICA. Blogspot.com

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