martes, 8 de octubre de 2013

HAITIANOS, EL T.C. Y SANTO DOMINGO




La Ley, después de la de Dios (para los creyentes) es una obra del hombre y está sujeta a una serie de condiciones para su nacimiento y práctica en la cual el razonamiento, la justicia y la necesidad son obligatorias y se deben sobreponer a cualquier debilidad de ‘justicialismo’ muy propia en las mentes cercanas a la anarquía ideológica. ¿Y qué mejor ejemplo que lo que actualmente está pasando en Estados Unidos entre Republicanos y Demócratas, en la que el gobierno Federal está a punto de caer, simplemente por la Ley o ausencia de la Ley? Aquí, ni siquiera el Poder Judicial, tan poderoso y sabio como es, ha podido hacer nada, y si no entra alguna mano divina, podría seguir así, indefinidamente hasta caer el Estado. ¿Se debe permitir esto, aunque la Ley no diga de remedio? Es ahí donde la obligatoriedad de la justicia y necesidad lógica tienen que imponerse. Y así es el caso de los haitianos con República Dominicana en relación a la decisión del Tribunal Constitucional. Nadie puede negar que gran parte de los dominicanos han venido cometiendo horribles delitos contra su país, su pueblo, su mejor hombre Duarte, desde el nacimiento de ese Estado. Al primer gran dominicano, Pedro Santana, lo consideran un traidor porque prefirió mil veces entregarse a España a caer nuevamente bajo la oscuridad sangrienta haitiana. Y ése sí podía porque gracias a su sable doblegó a los haitianos en sus azarosas invasiones. ¿Quién no lo hubiera preferido así? Ah, pero los nativos de allí lo vieron al revés. El segundo gran dominicano, Rafael Trujillo, fue el único que les dio la oportunidad de sentirse orgullosos alguna vez de su existencia ante tantos atropellos y humillaciones de los haitianos. Y sin embargo, los dominicanos lo consideran malísimo porque los defendió en 1937 como debía, a sangre y fuego, contra quienes sólo conocen eso, el Fuego y el Poder. ¡Se pararon los robos de reses, cero invasión, hubo respeto en la Frontera! El tercer hombre fue algo raro porque mereciendo ser traidor, lo consideran un santón y era un personaje con muchas luces de inteligencia y sabiduría, Balaguer, quien escribió “La isla al Revés” donde advertía de la suerte negra del país frente a Haití y sin embargo, ese personaje desde 1966 comenzó a importar a los haitianos para picar la caña. Y lo hizo tan bien y absurdamente, que no sólo sirvió de modelo a los demás dominicanos malos, sino que increíblemente él no se dio cuenta de lo que estaba creando con esa acción para el futuro inmediato de su país. Miles de haitianos yendo a Santo Domingo para picar caña después que Trujillo los había ablandado con el “corte” y acompañados con sus mujeres y concubinas, que lógicamente, traerían miles de más haitianitos. Nada de esto lo vio ese sabio, contradiciendo sus inquietudes intelectuales, literarias y hasta racistas (de sus libros y discursos). Sus seguidores, los de su Partido Reformista, los del PRD y el PLD (de la Izquierda, en la cúspide de los absurdos, el único que defendió al país fue el PACOREDO), cada uno de estos, siguiendo las directrices de Balaguer, no sólo siguieron importando haitianos para la caña, sino que ampliaron la llegada y la dependencia y comenzaron a inscribirlos en sus Partidos, con cualquier documento, falso o legal, para abultar su membresía y así obtener más votos electorales. ¿Podría darse en un país, pueblo, una traición mayor que ésta? ¡Jamás!, por lo tanto, ese país parece merecer un supremo castigo, y es que los haitianos lo vuelvan a dominar, pero ahora no por 22 años, sino por una eternidad, que pueblo que no tiene dignidad, no tiene derecho a la libertad. Pero mientras eso llega, al enfrentar a la decisión del Tribunal Constitucional, éste actuó correctamente, porque aplicó a la Ley los elementos que mencionamos al inicio de este trabajo. Que no importaría la traición y las absurdidades cometidas por el país, por sobre  cualquier cosa, éste tiene su derecho a defenderse contra sus enemigos, cercano o no, y tiene derecho a protegerse y hacer sus leyes para eso, sin importar a quién afecte y menos, si es del lado cercano al enemigo. Es su supremo derecho de decidir quién es ciudadano allí o no, especialmente considerando qué significa “ser un haitiano más” donde hace rato su presencia es más que dolorosa, resentida y tímidamente despreciada por los que tienen decencia. ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM




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