jueves, 10 de marzo de 2011

LAS MUJERES, VICTIMAS PREFERIDAS DE LA REVOLUCION

¿En el día Internacional de la Mujer ha visto nadie alguna mujer Comandante o en algún puesto relevante en la famosa y moribunda Revolución Cubana? Las únicas conocidas fueron aquellas pocas que además de lo que fueron, fueron esposas, forzadas o no. Vilma Espín, quizás, esposa del segundo monarca y su hija Mariela, protectora del homosexualismo, pecado mortal condenado por los Comandantes machos, lo mismo que a los Beatles, a Lenon, hoy con estatua de peregrinaje, mostrando al mundo las rectificaciones aberrantes de los Comandantes machorros. Solo hombres, machos, forzudos, se ve caminando por los caminos y edificios de esa Cuba. Ni dentro y menos fuera, se les ve, excepto para ser aplastadas, cuando por todos lados se les ven en Alemania, Brasil, Australia, Costa Rica, Chile y otros países. Pero en Cuba no, aunque ahí está Yoani Sánchez, una sencilla mujer, educada, profesional, artista de las letras, que describe con metáforas, retratos letrados, pinceladas, el pasado bello o doloroso de la Cuba de ayer y del presente despreciable y aterrador. Eso, como mujer, no le gusta al tirano, y la acosa a ella y a su familia, le envía chivatos, le corta el derecho a moverse, a usar Internet, en fin, abusa de una mujer. Ahí están las Damas de Blanco, que son las víctimas colectivas de los abusos de la tiranía. Ellas, víctimas dobles, al tener a sus esposos encarcelado tan solo por tener un teléfono, escribir un poema o enviar un artículo local o hacia fuera, al no poder tener justicia, se limitan a caminar en silencio por las calles que son de todos los cubanos, diciendo al mundo que sus seres queridos no son olvidados y enrostrarle al tirano moribundo de la crueldad que siempre le ha caracterizado. Pero el tirano no se conforma con encarcelar a sus seres queridos, también le niega el derecho a caminar por esas calles y para evitarlo, le envía a los matones de barrio, a los chivatos, para acosarlas, insultarlas, agredirlas, y ellas lo único que pueden hacer, es soportar estoicamente hasta que algún día la ira del pueblo tumbe al Mubarak. Ahí esta la madre del asesinado obrero, mulato, Orlando Zapata, que la tiranía siente miedo que ella vaya al cementerio de Banes y lo levante de su tumba y lo envíe cual Cid, a destruir al tirano malvado. Como mujer le teme, le tiene terror, y por eso debe abusar también de ella. Le rodea con policías su humilde casa, no puede salir de allí y menos al cementerio donde reposan los huesos de su hijo al recordarle el 23 de febrero el aniversario fatal de su muerte. Los chivatos del barrio y los matones se lo impiden. Todo esto a una simple mujer, que solo quiso acompañar a su hijo en la tumba y encenderle alguna vela para darle luz, la que ni ella ni él tuvieron. La Doctora Hilda Molina, esa señora que confiesa en su libro que era del círculo íntimo del tirano y que fue testigo de las inmoralidades e hipocresías del mismo, que pretendió por medio de un perfume, ponerla en la lista no de víctima femenina, sino de consorte simplemente porque él era al padrote Comandante de Cuba, el Monarca eterno, el Rey Midas. Al tener como mujer dignidad (había pecado: era comunista consumada), que como le enseñara Martí, cuando mucho(a)s no tienen vergüenza, hay otro(a)s que las tienen por ello(a)s y se le negó. El Júpiter malvado no la perdonó por el desprecio, pero no entendía era que no solo de su dignidad femenina, sino de su barba, su higiene imperfumada. El rayo del Dios le cayó encima como a tantas mujeres y la tuvo 15 años esperando el sí para salir de la Isla, sin que pudieran doblegarlo los alcahuetes de Brasil ni la de Argentina que intervinieron en su nombre. Al otra mujer intervenir por la doctora, la ira del tirano se duplicó, pues su costumbre contra las mujeres pedía un castigo doble, y le prolongó la estadía involuntaria en la isla de la oscuridad. Así de fácil lleva la vida el tirano, mientras por un lado otros hombres cometen mujericidios, éste se conforma con acosarlas, torturarlas y maltratarlas, aunque se dice lo practicó de la primera víctima: su progenitora.

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