Pedíamos, hace unos días, a una intelectual (aceptando la
definición como aquella del cultivo del intelecto más allá de lo ordinario) a
que escribiera sobre la hipocresía de los de su grupo ya que sus dos últimos
escritos versaban sobre cosas insulsas, y le ofrecía ayudarla si no se atrevía,
para que lo publicara bajo su firma o la mía. No contestó, porque podía ser un
insulto a su estatura o temía tener que hacerse un harakiri, pero helo aquí extendido
a I y II. Y es que esa hipocresía viene de arriba, donde moran ellos, esos auto clasificados
dioses en el país de los hipócritas (y charlatanes). ¿Por qué los intelectuales
no tienen en la sociedad una voz, una opinión, un status en que se les tome en
cuenta? ¿Por qué sus opiniones cuando aparecen, nadie les hace caso? ¿Por qué
no existen, en un ambiente tan extremadamente corrupto, donde los políticos y
funcionarios mienten y desfalcan al Estado con descaro inaudito y se apropian
de los bienes públicos sin ningún tapujo? ¿Por qué en una sociedad corrupta y
con problemas de su propia existencia no hay una voz, Opinión Pública, a quien
oír ni respetar como sería la de ellos si la tuvieran? Esa voz no existe,
excepto para sus intereses mezquinos, politizados y megalomaníacos. Por
ejemplo, hay uno que es como un Herodoto, Franco, a quien con justicia se le
puede llamar el más ‘haitiano dominicanizado’ o el ‘dominicano más
haitianizado’ del país, porque algunos de sus libros (hasta ‘enciclopedia’),
tergiversan la verdad y se parcializa hacia el lado contrario, confundiendo su identidad,
pero él es del Número tal de la honorable Academia de la Historia del país y no
hay quien no lo cite ni le pida opinión sobre lo histórico, y los periódicos
siempre sacan su envidiable cara nada atractiva. Con él sobra la hipocresía. Otro,
Cassá, quien peca de lo mismo en la
Historia, pero sin poder castigarlo con la misma fuerza,
aunque es del grupo que mansamente se sometió para escribir la Historia del país por
“encomienda” oficial, con todas las comodidades que da el dinero, logística y
el agradecimiento al gran Faraón. También es de los padres de esa Academia donde
parece que la tierra es más fértil para estos seres bendecidos. Está otro,
Vega, que mencionando las tiranías árabes que caían y debían caer, no se atrevía
a incluir la de Cuba como en lista de próxima necesidad, ¿por qué? Porque él
como muchos intelectuales, pertenece a los que temen como el diablo a la cruz,
ofender a los que dan luz verde para que los consideren intelectuales, es
decir, que no han osado contradecir lo que dicen los códigos de la Nomenclatura de los
intelectuales de Cuba y eso vale mucho, porque pueden hablar, escribir y
disertar, sin que le digan ‘lacayo imperialista, vendido, agente de la cía,
mercenario, agente cibernético’, y por supuesto, no entran a las Academias. Y la
faceta de hipocresía es mas admirable cuando muchos de esos, habiendo vivido,
estudiado y escrito sus ‘obras cumbres’ sobre los horrores de sus propias
tiranías, por ejemplo, la de Batista, Somoza, Trujillo, etc., al llegar a otra,
la de Fidel, la más cruel de todas, no se inmutan ni avergüenzan en aceptarla
plácidamente y no sólo no la combaten, sino que la justifican y defienden. ¿Cómo
puede rechazarse una tiranía y admitirse otra que es más cruel? Aun si se admitieran
como válidos los viejos argumentos usados antes de 1989, hoy ellos no se
sostienen y apestan. Así, que solo la hipocresía lo explicaría, y en esto esos
intelectuales son verdaderos genios. Pero es porque están atados, son
temerosos, débiles, vulnerables, y en la misma línea aceptan lo que la Madre de las Tiranías, no acepta,
refiriéndose por ejemplo, a cierta inmigración. Allí se le ve con reservas, en
la otra: aceptación impuesta, y ay del que lo niegue. ¿Cómo se explica si no es
por la hipocresía? Otra ventaja que tienen estos seres maleables es que pueden homenajearse
mutuamente en tertulias y concursos en que “yo te homenajeo a ti y luego tú me
lo haces a mí”. Se tutean tanto que en sus concursos literarios se les traen
jurados extranjeros porque los del patio, al conocerse por su estilo, frases,
signos de admiración, tienen la ventaja de salir los galardonados. Acuerdan, “te
doy la gloria del premio, pero la plata es para mi”. Y tienen otra virtud: se
aglomeran en un punto, se amurallan y de allí lanzan sus dardos, sin que nadie
los pueda alcanzar, excepto el que les da el alpiste (continuará). ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM
martes, 4 de septiembre de 2012
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