¿Quién
no sabe en el Este y otras partes del país quiénes son los Cocolos? Y al
mencionar a los haitianos, ¿qué relación hay entre los dos? Todos conocen a los
Cocolos, negros de las islas de Gran Bretaña en el Caribe, de las Bahamas,
Saint Keat, San Thomas, y otros lugares bajo el poder y por sobre todo, la educación
de los ingleses, que vinieron o los trajeron a Santo Domingo en los tiempos en
que los ingenios azucareros comenzaban a producir azúcar. Vinieron a diferentes
actividades, a picar caña, manejar equipos, enseñar, aprender, en fin, venían con
aquel bagaje inglés que pesa mucho en todos los aspectos sociales.
Sobresalieron en todo y en todo dejaron a su paso recuerdos y enseñanzas que
perduran y la sociedad les da gracias por su contribución a su desarrollo. ¿Quién
no conoció a una cocola o cocolo en un trato personal que no quedara prendado o
amarrado con ellos? Eran y son seres que se dan a querer y daban amor, y
quedaba ese recuerdo inquebrantable de la morena, el moreno, el negro del que
brotaba “miel por los poros’ como dijo aquél. En todo descollaron. ¿Cuántos millonarios
no crearon tan solo con ser peloteros, de los cientos que han producido para
riqueza del país que los acogió? ¿Cuántos profesionales de todas las ramas se
desplazan por el país y el mundo producto de su esfuerzo y del país que los
quiso desde el primer momento? ¿Cuántos literatos de primer calibre no dieron a
su país? ¿Cuántos músicos y creatividades en todas las artes crearon? No hay números
para contarlos. Y por eso se ve el entusiasmo que brota en el pueblo cuando se
oye las música de los guloyas, y cuando se celebra el mes de los Colocos porque
no hay con qué pagarles cuando se les balancea con la pesadilla del otro
pueblo. Con los haitianos es bien diferente y a pesar de que ambos grupos
vinieron del Africa y eran iguales en todo lo espiritual y físico, muy pronto se
bifurcaron, uno por el camino del bien y del amor, el otro por el rencor, el
odio, el amor a la sangre, el desprecio al ser humano, los abusos hacia el caído,
la discriminación, la persecución y los vicios mas bárbaros que el ser podía albergar.
Claro, era lógico que uno tendría que ser querido y reconocido y el otro
despreciado y odiado. El haitiano, a pesar de recibir la influencia y cultura
buena y mala de otro poder imperial, Francia, rechazó todo lo bueno, y se fue
por todo lo malo. Exterminó con sumo sadismo a los remanentes y derrotados
franceses y de cualquier nacionalidad, con tal que fueran blancos. Odiaba al
blanco tanto o más que a su propio color. Crearon constitución que aún odia al
Blanco. Y después de cometer contra éstos los más incalificables atropellos,
como animales incontrolables, embistieron contra sus medios hermanos, los
mulatos. Casi los exterminaron también porque sólo el odio y el salvajismo más
primitivo predominó en ellos desde 1790 y aún después de parecer entrar a la
civilización con la creación formal del estado de Haití siguieron cultivando el
miedo hacia ellos que era igual que el odio. Vinieron al país como los Cocolos,
pero sólo para ver cómo era que se irían quedando, pero no para hacer el bien,
sino hacer el mal, robar, asesinar y hasta canibalizar. Pero antes de eso, se
comportaron peor que las bestias más inhumanas que ojos humanos podrían haber
visto durante 10 años de invasión hacia el país. Y todo que mientras más
hundidos estaban en su total miseria, más pedían limosnas del país a quien habían
hecho y aún hacían tanto daño. No había migaja de pan por viejo o con gusanos que
botaran los dominicanos, que los haitianos no corrieran tras él para saciar su eterna
hambruna. Y era que la Naturaleza siempre es sabia, y hoy no hay honor con qué
más recordar a los Cocolos, y tampoco calificativo con qué más despreciar a los
haitianos, por eso la gente sólo lo resume, que con los Cocolos vino Dios, con
los haitianos, el mismo Diablo. ANTICRITICA.BLOSPOT.COM (#345).
domingo, 16 de agosto de 2015
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