Ellos se conocían y tenían
amistad aunque era una de hola, hola y nada más, y nunca una parada para
mirarse a los ojos, estrechar una mano, decir un ‘cómo estás’, no nada de eso. Y
era raro, porque ambos tenían amores similares por la Izquierda moribunda. Vivian
cerca y sabían a la hora en que hacían sus caminatas al parque de la Puerta del
Conde. Conocían sus horarios, pues ya un poco viejos, eran consistentes y ese
conocimiento mutuo los ayudaba a no verse; se asechaban para no encontrarse, y
cuando el destino los juntaba, sólo surgía el ‘hola, hola’ y ya. Uno, era alto,
espigado a pesar de los años, la lucha, el estudio, el plan por llegar allá, servir
a su pueblo. Era alto, seis pies, 180 libras, ojos lechuga, color blanco, y eso
le daba la ventaja pues ya tenía ‘una profesión’, según decía el pueblo. El
otro, de menor edad, color cobrizo, mediano de 5-7”, 160 libras y que le
caracterizaba lo que en algunos seres al acercarse al despido, sus cabezas
empiezan a tomar la forma de la pirámide invertida, o mejor, la de semilla de
cajuil, ancha arriba, estrechándose hacia abajo. No se sabe si esto es una
virtud del color de la piel o un proceso natural, aunque el otro no padecía de
esta metamorfosis, quizás, por la piel. Y ese día era del destino, quizás ayudado
por la ‘galleta’ que su mujer le había dado por faltarle el beso de la
despedida al salir hacia el parque. Ella era poetisa y no toleraba descortesía.
El la toleraba por los años, pero fue tan duro el golpe que casi se lo devolvía
como antes lo practicaba con sus reclutas, pero se contuvo y salió apresurado.
Al llegar al parque allí estaba su camarada, diablos, como si lo estuviera
esperando, o quizás para hablar del gran triunfo, y no le tocó más que
detenerse, darle la mano y saludarlo como no era usual. Y el más pequeño con
una emoción que lo confundió, lo recibió diciéndole: “Camarada, te felicito,
saliste siempre… era lo que también quería, pero qué se va hacer, hay que ser
conforme para ser un buen revolucionario…”. Gracias”, le contestó, sin sentir la misma
emoción y mirándole a los ojos para ver su consistencia, “pero estoy un poco
disgustado contigo, porque esa felicitación debiste habérmela dado mucho antes,
cuando gané, desde un principio que se sabía que nuestro partido había ganado y
que yo era el que salía… “Oye, le interrumpió el otro, yo no lo hice por mí, creí
que se debía esperar a que la Junta ratificara a los ganadores, tú sabes que
allí había muchísimas quejas de reconteos y de votos perdidos, así que esperé
para darte la felicitación cuando ya estuviera seguro”. “No, compañero … “oye,
ya me llamas compañero y no camarada, ¿qué fue?” le interrumpió otra vez. No le
hizo caso y continuó: “No, compañero, eso es un cuento, tú sabías como lo sabía
todo el pueblo que yo salí electo Diputado y que los pataleos no tenían nada
que ver con mi triunfo, así que tu dilación respondía a otra razón… ¿Y qué
razón yo tendría? “Bueno, yo no sé, lo único que sé fue que me fajé, no había
sitio en el país que yo no fuera con Guille o solo y allí estaba con mi cámara
y mi equipo filmando todo y luego no hubo día que yo apareciera en mi página de
Facebook para comunicarme con mi gente diciéndoles lo que estábamos haciendo,
lo que haríamos y cómo nos iba, y todo esto mientras tú, no sé si porque te
considerabas demasiado importante, nunca te moviste… es más, no vi una foto
tuya con los del partido compartiendo o dando alguna charla, es decir,
moviéndote para motivar al pueblo a votar por tí. No compañero, así tú no ibas
a ganar, se ganaba como yo me fajé, de campana a campana, lo que agradaba y me
recordaba mis tiempos al lado de Manolo cuando nos movíamos al son de la
revolución…” “Ja, ja, ja”, - lo interrumpió otra vez – “no menciones a Manolo,
recuerda que tú fuiste el único sobreviviente del grupo y eso dice mucho de tí,
de cómo lo lograste, y quizás esa experiencia te ayudó a ganar en estas
elecciones”, y no terminó de decir su mensaje cuando un puño blanco y pesado se
posó violentamente en la cara del amigo, como si quisiera desquitarse el
golpetazo que le dio su mujer, y mientras uno caía al suelo, el boxeador siguió
su camino, diciéndole “ahí tienes tu merecido por lengua larga e incompetente”,
mientras los curiosos disfrutaban la lucha de dos que querían ser Diputados y que
sólo uno lo logró. ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM (#400).
lunes, 4 de julio de 2016
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