Dicen que lo dijo, que como él era muy bueno, debía
seguir gobernando, en el caballo, y para eso, aunque la ley se lo prohibía, él
tenía que doblegar la ley, de cualquier forma, ofertando lo que sea, pagándole
a quienes sean o con cualquier otra medida con tal de quedarse ahí, en el
poder, para que sus ciudadanos pudieran disfrutar de sus grandes sabidurías y
proyectos. Pero el problema no era que doblegara la ley a su acomodo, porque
eso es normal en las inmoralidades políticas de América Latina, era que él ya había
doblegado esa Ley hacía 4 años para hacer lo mismo, cambiar la Constitución
para participar en unas elecciones que le prohibían que lo hiciera, y que ahora
pretendía repetir. Aquella vez él había jurado por los huesos de sus hijos,
padres y ancestros, hasta el que los lambones ya le habían endilgado, de un
padre de la patria, y esos huesos salieron bailando en las promesas del activo santo
satánico de que jamás volvería a aspirar a eso otra vez. Eso es lo más
chocante, porque volver otra vez a doblegar la ley, por la misma razón, el
mismo motivo, los mismos argumentos, de hace 4 años, simplemente por el
capricho de un santo, es lo atorrante del momento, lo vomitivo, ofensivo,
indignante, abusivo, desconsiderado, no sólo para los ciudadanos decentes del
patio, sino para los extranjeros hacia quienes el satánico al recibirlos en su
despacho junto a sus promesas de juramentación presidencial, en el protocolo de
Estado, formaba un lazo vinculante de reciprocidad entre la decencia de aquellos
diplomáticos que venían a presentar sus credenciales y éste que se las recibía.
Y si él fuera el hijo de Dios, o de María Santísima, la reencarnación de Jesús,
el Papa más pulcro, el genio ultra de la bondad pública, ni aún así, serían
argumentos apropiados y convincentes para que el santurrón los usara para su insaciable
ambición. Y si entonces, en vez de eso, él es el padre moderno de la mayor
corrupción que ha experimentado ese país, si lo ha endeudado a su mayor nivel
de su historia, con la justicia no más que un parcho obediente a sus deseos, con
Fiscalías y los poderes de los jueces también pareciendo obedecerle, cuando la
moral social está al nivel de heces callejeras, los ciudadanos no se sienten
seguros ni en sus propias casas, que los robos y crímenes son la plaga
incontrolable del gobierno, ¿cómo entonces argumentar en buena lid la razón de
que el santo escapado de Dios siga gobernando al Estado? El se ha creído que vive
en una isla desierta, que no tiene más que caníbales incultos como súbditos, y
que poco importa lo que hagan siempre lo obtendrá aun pisando los más sagrados
compromisos de juramento y decencia. Pero dicen que se equivoca, que si logra
doblegar la ley con la ayuda de sus cómplices vendidos al poder del dinero, y
con la ausencia de la honradez, entonces dicen, en voz del pueblo, recogida por
este autor, que él parecería que cerraría todas las puertas de la convivencia,
de razonamiento y sensatez y que parecería que solo quedaría una abierta para
salir de su problema de su ambición desmedida, que sería la misma que le
aplicaron a Lilís y a Rafael Leonidas Trujillo y Molina cuando los “tumbaron
del caballo”. “Jesús, María Santísima, que el señor se apiade de nosotros”
gritaron entonces los temerosos al oír las predicciones del brujo. Hay que esperar a ver si quienes vaticinan
esto tienen razón o si el ambicioso desiste de su provocación.
ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM (#541, 24.6.19).
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