martes, 22 de mayo de 2012

LA ANTORCHA OLIMPICA Y EL SECRETO GRIEGO


Los padres del teatro en la tragedia precisamente fueron los griegos. Todos saben de sus grandes autores y para no perder la costumbre, Grecia volvió a revivir la tragedia en su Coliseo del Partenón, en aquel estadio lleno de espectadores, la princesa Ana de Inglaterra, oficiales de Londres, personalidades del olimpismo, para hacer entrega en un acto emocional y simbólico de la antorcha olímpica para legitimar los juegos en Inglaterra en Julio de este año. Pero había una espina: ¿cómo iba a sentirse esa Grecia si al momento en que haría entrega de la antorcha ella se iría hacia un abismo por los asuntos económicos que son el dolor de la Europa moderna? ¿Grecia, la madre de la civilización en esa coyuntura? Pero ella tenía la llave. La antorcha le pertenecía desde aquellos tiempos cuando era la reina del mundo-luz. Estas interrogantes fueron los motivos que movieron al primer ministro interino, con la anuencia discreta del Presidente, a una reunión con sus asesores para ver como se resolvía el problema. Allí se destacaba un químico, que como en los mejores tiempos de la Alquimia, era quien sobresalía y quien más cerca estaba del ministro. La reunión fue secreta, y se debatieron todas las alternativas de la rica mente de los griegos.  Sin embargo, hubo un punto de mayor concentración y fue sobre la antorcha y su fuego, pues sin antorcha no había fuego y sin fuego cero antorcha y sin antorcha no juegos olímpicos.Y ahí estaba la clave del asunto. Luego de varias reuniones, se acordó el secreto y el químico le entregó al ministro una cajita negra que parecía que era donde residía la sapiencia de las reuniones y de la acción a tomarse. Al recibirla el ministro lo miró fijamente y le preguntó: “¿Estás seguro que apagará el fuego?”.  “Por Júpiter, lo juro y lo del veneno también”, fue la respuesta y se despidieron. Pero en el momento decisivo, el ministro griego aún no estaba seguro si lo haría, aunque ya la gran ceremonia había comenzado bajo una lluvia de dos horas, pero que en esos precisos momentos ‘alas’, había cesado y hasta el cielo comenzó a aclararse. Esa era según él, la señal que esperaba para proceder, porque venia directamente del Olimpo que también le preocupaba la suerte de Grecia. Mientras, las bailarinas y los demás hacían los pasos de sus danzas y la gente se ‘frizaba’, extasiada observando aquel espectáculo de 2500 años de antigüedad y se preparaban los discursos que se darían para entregar de la antorcha. Allí estaba aquella atleta griega ya dispuesta a trotar para entregarle a la parte inglesa la añorada antorcha, para de ahí seguir corriendo, de mano en mano hasta llegar a su destino, Inglaterra. Al llegar el turno del ministro griego éste dijo unas palabras  protocolares mientras miraba hacia aquel público que de seguro debía esperar algo extraordinario al estilo teatro griego. Miró también a los funcionarios, atentos a él, mientras el cielo seguía aclarando, como si le diera más fuerza para acometer lo que haría. Miraba a las antorchas que ya esperaban para recibir la llama legítima del Olimpo y estaba frente a esa llama fuente, de donde tenían que recibir sus llamas las demás antorchas en todo aquel simbolismo. Tomó una antorcha aun sin llama y la levantó alto frente a él, sosteniendo la cajita negra en su otra mano, y dijo, en griego, por supuesto (esto es una traducción cruda al español): “Mis amigos todos del mundo, nadie ignora quienes somos los griegos; les dimos todo a todos por cientos de años y hoy, cuando cansados estamos y agotados, nos quieren imponer, cual blasfemia, la muerte lenta y segura como si fuera en pago por lo adeudado. Son dos deudas: las del mundo y la de Grecia y quieren hundirnos, pero he ahí que nuestro dios en ese Olimpo nos indica lo que se debe hacer: Aquí tengo en mis manos la antorcha simbólica, y en la otra mano la química pocima? que apagará para siempre la fuente, lo que si hago morirá para siempre el olimpismo. La alternativa es entonces o nos pagan lo que nos deben o no pagamos lo que debemos” y al decirlo, el ministro colocó el pote con el químico sobre el fuego-madre, esperando una respuesta. Si antes todos estaban ‘frizados’, ahora parecían zombis petrificados, sin que nadie pudiera articular nada, excepto el ministro que vació parte del líquido al fuego, apagándolo e ingiriendo el resto, por lo que cayó mortal sobre la antorcha madre. ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM

 

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