Con el escándalo que se ha formado con la sentencia del
Tribunal Constitucional 168-13, sobre el derecho del país de acoger o expulsar
a los ilegales haitianos, es de obligación sacar a bailar a la conocida
Academia Dominicana de Historia por la razón principal que sus componentes
tienen mucho que decir y quizás aclarar en su participación del eterno problema
haitiano. Se recuerda que la fama de Academia viene desde Platón y más tarde los ingleses con su Royal Academy y Italia,
Francia y España con las suyas por el 1600, fueron los primeros en
Academias de Ciencia y de Historia, y claro, al hacerlo enseñaron que
los que la formarían serían gente amante de la Ciencia y el Arte, decentes y
capacitadas. Los países de AL luego, comenzaron a crear también sus academias,
pero muchos olvidaron esa enseñanza de los requisitos para pertenecer a ella. Y
un ejemplo es la dominicana. ¡Oh, espíritu santo, que en todo lo que sea malo
debe estar algo dominicano y la academia
no se podía faltar! Como muchas cosas provenientes de allí, la Academia parece casi
una vergüenza cuando se conocen algunos de sus miembros. El
espíritu de las Academias de Historia es loable, porque se busca estudiar el
pasado, recrearlo, desentrañar algún
misterio si lo hubiera, interpretarla sí, pero observando algo importantísimo:
nunca, jamás, escudarse en la Interpretación para tergiversarla, y lo peor, tergiversarla en
contra del país que le da la vida y el aire que respira. Contra los demás es
malo, pero contra lo propio es muchísimo peor, porque ya se envuelve ingratitud
y traición y eso es lo que se puede sacar de algunos libros de algunos de esos
distinguidos académicos llamados ‘historiadores’, y que allí ocupan con mucho
orgullo una letra o número. Leyendo los reglamentos de la Academia (creada en
1931. Sus creadores originarios fueron de luz y decencia), se nota que sus
requisitos morales son flojos y que ya adentro, son más. Es decir, se pensaría
que para entrar, además de capacidad, práctica y vocación por la Historia, se
debería tener el respeto por la verdad que es fundamental, independiente de que
algún historiador se escude en que tiene derecho a hacer interpretación de la
historia. La verdad es su base fundamental como lo exige la sociedad entera. Si
se entra sin cumplir cabalmente esos requisitos y aun ya dentro se cometen
actos reñidos con la verdad, la Academia sólo tiene como remedio que el miembro
puede ser expulsado, pero eso sí, hacerlo cuesta mucho y es difícil. Y
entonces, si se mantienen adentro así, como candidatos de expulsión, pero
arropados de irregularidades y violación, entonces, los verdaderos
historiadores allí, quedan a merced de éstos, cautivos, y eso parece suceder en
esa academia. Hay varios que chocarían, y uno sería quien fue de sus
presidentes, Campillo Pérez, quien además, era miembro de la Suprema Corte de
Justicia. Este historiador y abogado, aparentemente cometió ciertas irregularidades
que dentro de cualquier otra academia hubiera provocado algún escándalo.
Escribió un libro defendiendo la nacionalidad dominicana de un hijo de haitianos,
de Peña Gómez, y lo hizo con tanta
dedicación, que violentó la ley que lo autorizaba a ser Notario Publico cuando
autenticó documento en el cual él aparecía como juez y parte, prohibido por la
Ley del Notariado. Es decir, violentó dos verdades: la del Notariado y la del
historiador, de no alterar la verdad. El, siendo miembro del PRD, quiso hacer
dominicano a Peña Gómez a las malas, y muchos no le dieron credibilidad a su
esfuerzo. Desde lo legal, como es natural, no le afectó en nada, y desde la
Academia, menos y allí aparece entre los perínclitos de esa academia. Hay otro
que también fue Presidente de la Academia, Roberto Cassá, un declarado seguidor
del Materialismo y del llamado ‘Movimiento Renovador’ (sin razón de ser, pues
en Rusia la familia del zar es gloria, el capitalismo, el futuro, al
derrumbarse su filosofía política, pero eso no es ‘renovador’), aquello que
surgió después de muerto Trujillo, en la que ellos pretendían descartar a todos
los historiadores dominicanos que no hubieran seguido su forma de escribir la
historia. (Continuará en II). Pero véase más sobre estos historiadores en mi
libro a salir pronto (está en imprenta) llamado “Santo Domingo, ¿Isla Maldita? ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM
miércoles, 22 de enero de 2014
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