Todos
sabemos que el cerebro tiene sus límites en lo que pueda albergar, manejar o
digerir. Sólo los supersabios son los privilegiados al tener un cerebro fuera
de lo normal y Trump no es uno de ellos. El tiene un extraordinario cerebro que
nadie lo puede negar. Cuando Trump se enfilaba a Helsinky a reunirse con Putin,
mientras Putin estaba descansado, yendo al gimnasio o tomando un vodca, Trump
desde hacía unos días tenía dentro de su cerebro una caldera hirviendo. Acababa
de conversar con rocketman en Korea y lo tenía calmado, sin tocar ningún botón
peligro, había puesto a la China en su lugar de pirata contumaz, con su
política de ratería que hace mucho debió haberse denunciado para que esa China
no llegara al poder que los mismos EU y los capitalistas del mundo, por su inmensa
miopía y avaricia, cooperaron para hacer realidad. Había enfrentado la
insensatez de los Demócratas de oponerse a la política de proteger a EU al
insistir en tener una frontera segura y firme, a la vez señalándoles que las
regulaciones del país frente s los migrantes era una deformidad legal, que
naturalmente, el predecesor de Kenia, explotó a su conveniencia y que él estaba
decidido a cambiar. Estaba al tanto de lo que un Agente del FBI Strzok y su
amiga habían dicho y hecho en su contra al momento de ganar las elecciones, y
lo que a favor de Hillary los mismos habían hecho. Tenía la espada de Mueller
sobre su cabeza, tambaleándose, sobre colusión o no colusión. El problema de
las dos mujeres con sus demandas en las Cortes y con el viraje de su ex abogado
Cohen. La lucha titánica contra los canales de información, especialmente CNN,
que nunca encontraban lo mínimo positivo para Trump y escarban al infinito,
retorciendo todo, en busca de lo que le hiciera daño. Y al llegar a Europa, la
que debe toda su existencia y libertad a EU con su inmenso sacrificio en la WW2
y a su Plan Marshal, sabía de la ingratitud de esa Europa cuando EU había
subido algunos aranceles para compensar las distorsiones que se venían dando en
la que como usual, EU llevaba la peor parte. Sus críticas y conflictos con esa
Europa y por el absurdo de su política de defensa en la OTAN en la que sólo
cinco de los 28 miembros cumplían con su obligación, mientras EU llevaba la
mayor parte, y todo para defender a esa Europa ingrata de las amenazas de
Rusia. Al abofetear metafóricamente a
Ministra Merkel por su doble anormalidad, cuando a la vez que quiería
defenderse de Rusia, era un país cautivo con un 37% de su combustible
dependiendo de los rusos, y sin que tampoco cumpliera como debía con la OTAN,
mientras EU tenía gas y petróleo de sobra para venderle. Entonces, con un cerebro
recargado así, es lógico que las cosas no todas debían salir bien. Algunas
fallas debía haber por los límites del cerebro y la inmensidad de los asuntos.
El cerebro de Trump estaba al explotar. Y se le veía cuando apareció con Putin.
Ya no parecía el que iba firme, el primero, como cuando con la reina de
Inglaterra. Parecía tímido, un Trump que a nadie temía y todos enfrentaba,
excepto a Putin. Entonces, sumando, recordando los poderes extraños de los
zaristas desde Rasputín, conociendo los
envenenados en Londres (el mismo Putin se negó a recibir una copia que el
periodista Christ Wallace de Fox, le entregaba, y le señaló, de mala forma, que
lo pusiera en la mesa, porque quizás recordaría que tendría veneno). Trump
quizás recordaría que años antes había ido a Moscú en negocios, y que sabiendo
quiénes eran los rusos, tendrían algo comprometedor contra él. Es decir, todos
estos elementos fueron los que se combinaron para forzar a Trump a que hiciera
y dijera lo que no debió frente a Putin, como creer en las palabras de Putin, ir solo a la entrevista, que ni con Pompano quiso,
ignorar lo agresor que era Putin, y al atacar a sus propias agencias de
inteligencias, como para complacer a Putin. Así, aunque Trump ha sido un
inmenso gladiador, hay que reconocer que el cerebro tiene sus límites y allí lo
demostró con sus errores. ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM (#498).
domingo, 22 de julio de 2018
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