Que lo haga el secretario general de la ONU o cualquier Presidente de
los países del mundo, de enviar sus condolencias o pésame a sus familiares al
morir un personaje, es natural, es parte de la fórmula diplomática de los
Estados de expresarse, aunque lo que muchas veces lo que sientan es lo
contrario, pero que lo hagan los que no están obligados es criticable y son
adictos de hipocresía. El sentimiento hay que decirlo como se siente. Muchos de
estos quisieran decir lo que realmente sienten y en vez de pésame, desearían
correr hacia el refrigerador y tomar una cerveza para festejar o correr a la
ventana y gritar al mundo, “¡Qué alivio, ha muerto el tirano despreciable!”,
como hicieron en Doral en Miami. Quién no se alegró cuando se suicidó Hitler, o
cuando mataron a Nerón, a Calígula, o cuando eliminaron a Bin Laden, a Kadafi o
a Alcapone, y ¿por qué ocultar entonces la alegría de saber de la muerte de Chávez?
¿Qué sentirá justicieramente, George Busch, al saber su muerte, recordando
cuando Chávez fue a la ONU
a insultarle como un matarife, no estadista, conque ‘él era el diablo y que había
dejado la peste de azufre allí’?. ¿Qué sentirán los miles de venezolanos que
deambulan por el mundo porque le dio las ganas a Chávez? ¿Qué no se debe
alegrar de la muerte de nadie? Eso es un convencionalismo religioso y en su
defecto, de los hipócritas, que sintiendo alegría por una noticia, dan a
entender que lo que sienten es tristeza. De un hombre malo, amigo de los
terrorista, admirador de Alcaeda y Bin Laden, amante del dinero ajeno para comprar
docilidad y simpatía, insensible ante la tiranía de Cuba, quien se aliaba con
todos los tiranos del Medio Oriente, amante de los peores terroristas de las Américas,
quien manipuló los poderes de su país hasta convertirlos en meras marionetas de
sus caprichos (dio risas ver a la llamada Presidenta del Tribunal Supremo de
Justicia hablar como mentecata), que sembró la semilla venenosa de modificar
constituciones para la reelección, que persiguió a los que no creían en sus
palabras ni promesas, que ayudó al narcotráfico, que empobreció a su país con
pobrezas y pandillas, que se fue a México a entrometerse en su política interna
hasta que ese país retiró su Embajador, lo mismo hizo en Paraguay, en Hondura,
y todo porque tenía mucho petróleo y podía abusar, que mintió hasta más no
poder, hasta su último suspiro puso a aquel paniaguado Villegas, encargado de
información, con su rostro pálido, a decir, catervas de mentiras, y con el
descaro mayor, de advertir a la nación, al mundo entero, de que dejaran de
decir cosas de la muerte del Comandante porque ‘estaba luchando y recuperándose’,
y que ellos serían ‘incapaces de mentir, de que él no estaba bien’, cuando ya
hacía rato que era cadáver. Y al chofer de autobús, no sólo a hacer de la
mentira una institución, sino hasta de culpar a los contrarios de la muerte de
su comandante, y amenazarlos constantemente, si no se sometían a las cadenas de
mentiras estatales. El que se teñía el pelo de negro para que no les vieran sus
abundantes canas, y que quiso ver al Papa en Cuba y él no lo recibió, su muerte
no debe traer pena. Siendo Fidel el beneficiario del petróleo gratis por muchísimos
años, es innegable que conociéndose de éste su terquedad marxista, debió haber
sentido repugnancia de Chávez cada vez que lo veía besando al crucifijo de Cristo
y rogándole a la virgencita, para que no se lo llevara, como todo un gran
cobarde y farsante. “Si se moría, kamarada carajo, acepte la muerte”, le habría
dicho el padrote de Cuba. “¿Acaso los revolucionarios lloran? Pero el que debe
estar contento es el Rey de España, porque ya no volverá a incomodarse para gritar:
“¿Pero por qué no te callas, necio?”. Ahora, en el averno Chávez le dirá a
Kadafi, “Tuve la gloria de morir en mi cama y tú no”, y Kadafi le contestará:
“Pero pagaste con tu agonía tus maldades”. Y a una parte de los venezolanos, sólo
les quedará imitar a la dinastía de Corea del Norte, que ya con los experiencia
de Cuba, más su influencia en Venezuela, no les quedará más camino que comenzar
ahora, con el inmenso lloriqueo que hicieron los norcoreanos al morir, hace
poco, el último de sus dioses, si no es que alguien se apiada y les termina la
pesadilla. ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM
miércoles, 6 de marzo de 2013
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