domingo, 28 de agosto de 2016

CUANDO LO NEGRO ES POSITIVO


Dios sería el culpable por haber dividido el día en claro y oscuro. De día lo mejor, de noche, cuando estaba negra, lo peor, miedo y terror. De ahí la naturalidad: ”Qué noche más negra, “Qué suerte negra la mía”, “Cómo hieden las aguas negras”, “Samy se pone crema para borrarse lo negro que le inquietaba. “Está de luto, se le murió el marido” . “La peste negra mató millones en Europa”. Todos saben de esta asociación del color de una de las razas humanas que siempre ha llevado la desventaja, para ayudarla a perder antes de comenzar.  Ni blancos, amarillos, indios la llevan, sólo los pobres negros. Con razón en EU no gusta que les llamen así, prefieren “afro” y hoy decir ‘ese negro’ ya está desechado. Pero el problema es que como la costumbre hace ley, hasta los propios negros cuando quieren desahogarse de un compatriota le llaman “fucking nigger”, y de los demás ni hablar, pues siempre se ha practicado, aunque en algunos países cuando se usa no es para herir, sino para mortificar o joder. Y en Santo Domingo se han presentado dos personajes que por sus calibres  demuestran que lo negro es positivo y que sirve a la vez para reafirmar que no son racistas, con una nueva dimensión  sin importar que  tienen mulatos, blancos y muchos negros y más del otro lado de la frontera, lo que ha sido motivo de conflictos. El primero en un hombre, que en su cara tiene surcos que indican que por allí han corrido muchos ríos y las arrugas podrían competir con las del trasero, y sus ojos reflejan también los años, lo mismo el pelo, ya es blanco todo. Los bigotes a veces se los deja, y los tiñe como el pelo, de negrito todo. Nada de blanco, su pelo tenía que ser negro porque le daba ese ‘look’ de juventud que lo blanco le quitaba. Como jefe de un gran banco, era el que daba las grandes noticias del progreso del país y la inflación, cuando lo hacía se quitaba los bigotes, y luego se los volvía a dejar,  porque pensaba que si los ‘americanos’ no tenían bigote él tampoco lo tendría. Sin embargo, el pueblo casi lloraba cuando aparecía sin sus bigotitos, tan hermosos, tan intensamente negros, aunque sin evitar el contraste entre lo negro y las enormes arrugas y los ojos “cáidos” como dicen los ‘cibadeños’. Qué hermoso se veía con sus bigotitos pintados y su pelo negro, ah, y las cejas también negras. Casi un racista a lo inverso. La gente lo amaba y más cuando daba noticias como que el país estaba creciendo al 8% más que todos en América y que la inflación era el 0.00005%. (si alguien decía que el presupuesto se balanceaba con préstamos en dólares, replicaba que eso era ‘persecución política’). Y cuando lo decía se acariciaba los bigotitos, seguro de que no los contaminaría, pues él no tocaba nada con virus. No cuando iba al baño, pues entre los privilegios del Gobierno por ser un buen banquero, estaba el seguro, chofer, pistola, ayudantes, especialmente para ir al baño para que sus uñas esmalteadas no se maltrataran. Si iba a defecar, un ayudante iba primero, le bajaba los pantalones y se aseguraba que todo estuviera limpio. Luego de terminado, tomaba el papel, lo enrollaba, el banquero se doblaba un poquito y suavemente lo limpiaba, sin molestarle las antiguas hemorroides que una vez tuvo. (A veces le pedía que le chequeara la próstata, ay, y cómo le gustaba, eh, eh, era un secreto del ayudante). Si el asunto era orinar, el ayudante iba, le bajaba el ziper, sacaba la ‘pistola’, la acomodaba, se iba por detrás, le agarraba las dos bolas, y así el banquero podía orinar sin problemas. Eran partes de rutinas privilegiadas y se lo merecía, por siempre dar esas buenas noticias y a la vez que servía de desmentido del supuesto racismo. La misma grandeza a lo negro hacia otra funcionaria del gobierno, una mujer, y de la misma edad que el banquero, usaba tremenda peluca negra también, bien negra, como para decirle a los calumniadores, ‘ven cómo amamos lo negro, no somos racistas’. Educadora y también por la edad tenía los surcos del conuco, y con su enorme peluca negra, su boquita a lo rojo vivo y sus cejas negritas hacía el mismo servicio. Imagínense, si la peluca educadora o los bigotitos del banquero hubieran sido blancos… qué horribles sería la realidad, así que en estos dos ejemplos Santo Domingo demostró el valor de lo negro y lo lejos que está de ser racista al amar lo negro. ANTICRITICA.BLOGSPOT.COM (#409).


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